Disculpa.

“Lamento haber dicho eso que te dolió tanto. Eso que te llego tan al “se me metió una basurita en ambos ojos”.

Lamento haber dicho eso que te hizo fruncir el ceño cuando lo escuchaste y cada vez que lo recuerdas. Eso que te hace mover la cabeza de un lado para el otro como intentando no escucharlo. Otra vez. Lamento que no puedas dejar de hacerlo y que casi sin querer sigas escuchando mi voz deletreando cada palabra.

Lamento tanto haber dicho tantas cosas como no haber dicho muchas otras que se me quedaron en el baúl de las ganas. Las primeras, las lamento por ti. Las segundas por mi.
Y es que si lamento haber dicho algo que te lastimara, que te hiciera enojar o sonreír fue por ti, no por mi. Tú decidiste sentir eso al recibir mis palabras y no dejar que se te resbalaran, por otro lado debo agradecer que me hayas escuchado. Tus lágrimas, tu risa y tu enojo me hicieron saber que esas veces lograste ponerme atención por mucho trabajo que te costara, no como el resto de las veces en cuya reacción se diluyo en un nulo tan grande como lo que le rima a la palabra y que siempre me gustó ver.

Lamento que te hayan afectado porque entonces no pusiste atención a nuestra platica en la que te dije que a cada quien le afectan las cosas hasta donde cada quien lo permite. Tal vez fue una de esas platicas de “te escucho, te escucho” con la vista en cualquier parte menos en la mía. No te preocupes, que si algo no lamento es haber dicho todo lo que dije, porque así lo sentía en ese momento. Porque así lo sentí y así debí haberlo dicho. Tal vez me pasé en omitir alguna coma o nunca supe donde poner el punto final. Tal vez, pero no sería al primero que le pasa y seguramente el calor del momento o su antónimo, lo ameritaban en esa ocasión.

Quién me entiende.

No es que sea un indolente y que por eso no lamente no haberte dicho todo lo que dije. Simplemente es que me conoces, siempre me ha costado mentirte. Una cualidad-defecto tan insoportables como yo mismo. O puede que no me conozcas, pero aquí tienes una oportunidad.
Lo que podría lamentar es como te sentiste. Pero por eso escribí podría.

Si no lamento todo lo que he dicho es porque no quiero irme dejando algo a la imaginación. Sin decir lo que tenía que decir. Qué tal que se cumplen mis sospechas y jamás puedo volver a decirlo.

A todos los tú deshebrados del ustedes, a quien alguna vez se hayan encontrado entre mis palabras en esta cuartilla mis más sarcásticas disculpas. Siempre quise decir lo que dije.

Prefiero que me odies en vida y que me recuerdes tanto como dure tu eternidad a pasar como uno más”.

Al mal tiempo, buenas palabras.

El problema de todo está al ladrar. Perdón, al hablar.

Y la prueba está en el clima. No es lo que era antes, ahora no puedes andar pretendiendo adivinar, tienes que salir abrigado en caso de que haya amanecido muy negro el panorama, o sea nublado. No te puedes olvidar de la bufanda y hasta de las orejeras por si los murmullos. Que a veces esos enferman, depende como anden tus defensas y que tanta vitamina se-me-resbala hayas tomado antes de salir.
Lo que si es que aunque lleves el abrigo, debes ir siempre dispuesto a cargarlo y llevar abajo algo ligero. Ándale, algo así como lo que deberían de pesar los prejuicios. En caso contrario acabarás sudando por el sol que está dispuesto a salir cuando menos te lo esperas y cuando más chamarras llevas. Pero lo peor no es eso, sino que es mal visto cuando acabas sudando silencios, aunque te regalen una sonrisa de esas de tres por once pesos para que abaniques el calor.

Recuerda cuidarte siempre por que con los cambios de temperatura también llegan las enfermedades. No pasa de que le estornudes a uno que otro sus verdades a la cara o le tosas una que otra verdad entre cada cof-idiota-cof que se te escape.

Sin querer.

En la cara también.

Debes de ser muy cuidadoso con las infecciones. Lo que nadie tolera es que tengas nauseas de verdad y de pronto tengas una que otra diarrea bucal.
Tampoco toleran la contra parte, que después de tanta medicina -y por medicina me refiero a las pastillas de moralina que te recetó el doctor sociedad para tomarte dos pastillas cada ocho horas por el resto de tu vida- te estriñas y llegues borracho de laxantes de honestidad porque ahí sí que se te arma en grande.
Lo peor de todo es cuando se combinan éstas dos, el mal clima y las enfermedades.

Tener que cargar el paraguas para cuando llueve y terminar sin usarlo porque ya da igual. De la cintura para abajo vas en un río, todo gracias a las coladeras tapadas de hipocresía. Y corres no por evitar mojarte –más- sino porque en estos tiempos los esfínteres ya no están para aguantar y tienes que llegar corriendo a cagar mentiras ajenas. Darte un baño de agua caliente de tanto callar. Taparte con tu cobija favorita y tomarte una taza de susceptibilidad a temperatura ambiente.

Ah sí, a lo que iba.

Precisión antes que discreción. Sinceridad antes que pena. Tino antes que azar.

Lo que te quiero decir es que las cosas irían mejor si dijéramos lo que tenemos que decir.
Si dijéramos las cosas como son.

Sin darle vueltas.

Directo.

Que ya estamos grandecitos.

Des-espera.

“Espera, no me digas nada que ya te lo digo yo.
Hoy fuiste tú el elegido para escucharme o leerme, lo que se te haga menos difícil.

Espera un momento que tengo que ir corrigiendo las faltas de ortografía, de gramática o de mi vida, que si no lo hago en el siguiente renglón siempre termino pagándolo.

Todos, todo el tiempo estamos en modo de espera y lo lamentable es que termina siendo gerundio.
Nuestro primer error. También ese lo esperamos sin saber ni darnos cuenta de que ya está en proceso.
Que todo salga bien, después de un examen para el que no estudiamos, de una entrevista para la que no nos preparamos o después de los tacos de cinco pesos que comimos más por calmar el hambre que por confianza.

Que el niño llore. Que sea niño y que le guste el fútbol. Que le vaya bien con sus calificaciones. Que no sea un “niño problema” para que no le de ídem a la escuela. Que haga sus tareas, tanto las escolares como las domésticas sin quejarse. Que no pregunte tantas veces por qué y que no sea rebelde como su padre porque como hizo sufrir a la abuela.
Esperamos que estudie lo del abuelo, que fue también lo del padre sino quién va a llevar la empresa. Que se gradúe con honores y que represente el orgullo de la familia.
Espera. El instrumento que nunca pudiste tocar, también que lo toque.
Esperamos que conozca a la mujer de su vida y que parezca princesa de cuento de hadas. Que se case por la iglesia, por el civil y por bienes separados –no vaya a ser-.
Que tenga dos hijos. Un niño y una niña por supuesto.
Esperamos que ninguno le salga de lana negra. Esperamos que tenga una familia como la del spot de leche Lala.

Esperamos que llegue el clímax de la novela. Que llegue el héroe de la película. Que una noche sea eterna y que se acabe la escuela.

Esperamos que las cosas salgan como siempre nos han dicho que deben salir. Esperamos que la enfermedad que se está cargando a ésta sociedad a nosotros no se nos note tanto.

Esperamos aprender del sombrero ajeno sin arriesgar nada. Que los demás aprendan con nuestro ejemplo, nuestro error y nuestros fracasos que caducaron recién acabaron de pasar.

Esperamos que la próxima generación sea distinta. Que los jóvenes cambien. Que los viejos sean ejemplo. Que seamos antes que hacernos.

Esperamos que cumpla nuestras expectativas.
Esperamos que regrese del extranjero con buenas noticias.
Esperamos en el aeropuerto.
Esperamos en la sala de urgencias.
Esperamos a que salgan del baño.
Esperamos en la cola del banco, del supermercado o de cualquier lado que esas se hacen hasta donde menos lo pensamos.
Esperamos que el mundo cambie mientras nos sentamos en las esperanzas y le rascamos la fe de vez en cuando. Esperamos que no vaya a ser. Esperamos que sea lo que tenga que ser.

Esperamos sin hacer mucho a cambio.

Esperemos que no nos cansemos de esperar.

Espero que te vaya bien.

Espera.
Que esperando te ves más bonito”.

Solo.

“Así, ni si quiera con el acento. El punto es necesario para darle un toque definitivo.
Es de las pocas cosas seguras en la vida, como te quedarás donde sea que estés, aquí, arriba o abajo y mira que no hablo de posición sexual, sino de estar. De quedarte. De irte. De lo que quieras que a mi me da igual.

Recuerda que por mucha gente que tengas a tu alrededor puede que nadie esté contigo. Esto no es más que un oasis en medio de tanto desierto. Algo a lo que pretendes aferrarte pero que a fin de cuentas es o termina siendo un espejismo.

Aunque te digan y se cansen de decirte que no lo estás, como una expresión de consuelo insulsa, por tu bien te conviene ser consciente de ello.
Que al único con el que siempre vas a contar lo vas a poder encontrar a cualquier hora, en el lugar que menos esperes pero que más necesites. El único que -por tu bien- espero que sea incondicional, no es el que está al fondo a la derecha, sólo quita lo de a la derecha.
Sí, está al fondo o a flor de piel, donde mejor te convenga y si lo quieres ver sólo necesitas un espejo. Aunque ahora creo que una “selfie” también serviría.

Es mejor que disfrutes tu compañía y que ésta te sea agradable, que al final de la vida -o al principio- siempre habrá un momento donde te quedes contigo, donde de vez en cuando tengas que escucharte, que hablarte. Qué importa que parezcas loco, no habrá nadie para juzgarte. Ni si quiera para eso.

Por muy negro que parezca el panorama no lo es tanto. O lo será hasta donde tú y tu, tú decidan pintarlo porque hasta eso podrás hacer. Tomar un café, disfrutarse en la música que hace tanto no escuchaban, enfrascarse en una conversación de la cual ya conozcas el final. O no. Bueno, es que si te pones guapo hasta podrías retarte a una partida de ajedrez, de rey contra rey ¿por qué no?.

Las decisiones que tomes siempre serán respaldadas y apoyadas. El único que va a estar ahí para levantarte y para caerse junto a ti, a lo grande. El único que sabrá de tus verdaderos sentimientos. El único que de verdad va a reír y a llorar cuando tú lo hagas, te dará fuerzas para seguir y te dirá cuando hacer un alto, en donde poner un ya no más, es ese tú tan tuyo y de nadie más.

Así que igual y hoy te puedes invitar un café. Hoy puedes tener una cita contigo. Hoy puedes empezar a disfrutarte. Que al final, tampoco es tan malo quedarse solo.

P.D. Todavía no se inventan los ataúdes de dos plazas. También te vas solo”.