¿Qué ahora es?

Que detengan todos los relojes. Que el mundo deje de girar. Que palidezcan todas las hojas de todos los calendarios y se borren uno a uno cada día, cada mes y cada año cansado de esperar.

Que el sol no salga un día, sólo por que le dio flojera y se quiso quedar en cama. Que sea la luna la que nos ilumine por más de 24 horas. Que perdamos el tiempo y esa necesidad de separar acontecimientos en pasado y futuro, de marcar las horas, de llegar a tiempo. Porque si de algo me entero hoy es que siempre fuimos puntuales, que todo estaba puesto para encontrarnos a la hora exacta, el día, el mes, el año.

Y yo que creía todo lo contrario.

Que se deje de conjugar el tiempo en las horas, a menos que sea en plural.

Que dejemos de lado los reproches, rompiendo una a una las manecillas que fueron dejando llagas, entre tanto recuerdo en stand by.

Rompamos con ese segundero que tortura mis oídos por ser el único que ocupa el espacio de las carcajadas que no están.

Y mientras el tiempo se detiene entre dos copas de vino, podemos ponernos al día y así demostrar la teoría de la relatividad. Que nuestras manos se sonrían, que las miradas se cuenten fantasías, que las sonrisas se distraigan aturdidas entre tantos te extrañé, que los relojes se derritan en medio de ese cuadro surrealista. Que el tiempo deje de ser.

Que nos encontremos como de casualidad.

Que dejemos de contar los segundos, minutos y las veces que no nos vimos.

Que mis minutos y tus horas se conviertan en eternidad.

Que el tiempo y las horas se vuelvan un asunto personal.

Que las horas se conviertan en ahoras y las despedidas cada día sean más cortas.