Me confieso.

No estoy hincado, pero sí frente a lo más parecido que tengo a un confesionario y todo porque tengo algo que decir, escribir.

Tengo una confesión tan grande y gorda que puede ser criticada, o no. Que no se la diré a ningún padre para que no vaya a terminar rezando por mi. Tan grande que la mejor forma de quitarle un gran peso a una persona en particular, es compartiéndolo aquí y que se reparta el peso entre un número indeterminado que por no ser sabido, pueda resultar equitativo.

Debo confesar lo que algunos ya saben y otros imaginan.

Soy adicto.

Con algunos incluso he compartido mi adicción, a otros más se los he contado y otros cuantos, -muy pocos- hasta lo han disfrutado.

Cuando estoy en este estado me transformo, no sé si sea agradable o no, pero cuando estoy así, bajo los efectos de mi adicción, me quiero bien. Me gusta, me disfruto cuando me veo desde otro punto de vista. Eso cuando no me pierdo.

Soy adicto y no quiero dejar de decirlo, porque no está mal. Porque me importa poco ser juzgado. Porque, sinceramente me da igual lo que piensen de mi. Los adjetivos que me lleguen a poner serán muestra inequívoca que estoy dejando mi granito de arena en el mundo. Sólo espero que tengan muchos y variados.

Empecé con unas líneas, pocas y mal hechas, ni de derechas ni bien molidas, pero ya era algo. Lo suficiente para ir subiendo de a poco la dosis.

Empecé haciéndolo por diversión. Por probar algo nuevo y por encontrar una nueva forma de desahogo. Por encontrar una guarida que funcionara también como trinchera. Un diván que me sirviera de pastilla.

Luego empecé a sentirme mal cuando no lo hacía y después incluso a necesitarlo. Ahora procuro que sea una cuartilla diaria. Sí, por necesidad. Pero también por gusto, por todo lo que me hizo ser adicto a esto. Desde el principio.

O tal vez esto de escribir, sea también una forma de viajar en el tiempo y el espacio.

 

Tal vez sea por eso.