Aquí acaba.

Para que algo empiece, otro algo tiene que terminar, una verdad tan cierta como la vida misma. Si no me crees pregúntale a tu papá como fue que naciste. Ya verás.

Porque incluso para que esta hoja pudiera empezar se tuvo que acabar algo, mi desidia, mi apatía o mi lista de pretextos. Cualquiera de las tres.

Cuando algo acaba, algo se va y más te vale que lo dejes ir del todo porque lo que esto ocasiona es que quede un espacio listo para remodelarse, para reacomodar los muebles o para ser llenado de nuevo. Lo que algunos llaman vacío.

Vacíos tan llenos. Vacíos que se disfrazan de bodegas abandonadas, sin luz no porque no haya electricidad sino porque preferimos dejarlas a oscuras. Ahí se guardan todas esas cosas que no queremos recordar, pero que la mayor parte del tiempo tampoco queremos dejar que se vayan, nada de hacer una venta de garaje que hay cosas que no tienen precio.

Habrá paredes que por más que intentes pintarlas de nuevo, siempre se quedará la huella del color anterior, pero qué más da, es lo que tiene vivir.

Algo que está lleno no le cabe nada más, pasa con la comida. Los vasos con agua, las ideas, las palabras y hasta con los recuerdos. El que tiene un álbum lleno de fotos no le puede poner más. Por muy obvio que parezca hay que decirlo.

Por eso son buenos los finales. Y a veces hasta necesarios. Alguien lo dijo alguna vez y desde entonces otros con menos voz nos hemos dedicado a repetirlo, crecer es aprender a despedirse. Y si me apuras un poco, a desprenderse. Y luego vienen y hacen negocio los de la mudanza.

 

Por eso es bueno decir adiós.

 

Envolver los recuerdos en cajas de regalo, que no dejan de serlo. Mandarlos como botellas de auxilio a la orilla de quien más los necesite.

A la orilla de quien necesite ser rescatado y no al revés.

Por mucho trabajo que cueste.

Por mucho que nos neguemos a hacerlo.

Por mucho adiós que nos digamos y por mucho que no queramos.

Por muchos capítulos que tenga un libro, siempre tiene un final.

Por eso, adiós.

 

Aquí empieza.

Proemociones.

El error no está en el dedo. El error está en la oferta.

 

Te amo.

Mírame bien. Directo a las letras y dime que te lo creíste. Que me lo compras. Y si es así, entonces eres una víctima más de esta mercadotecnia de emociones que ha venido a la baja.

Y es que con tanto día a día no nos damos cuenta de que estamos comprando de más y nos estamos olvidando de todo lo que –aunque hoy no lo sepamos- algún día echaremos de menos. Todo eso que nos hace sentir que somos humanos y por lo tanto únicos. No entrecomillé únicos porque supongo que no tengo que subrayar mi sarcasmo.

Sentimientos en oferta, al dos por uno o con rebajas de hasta el setenta y cinco por ciento de descuento. Los encontramos entre varios grupitos, desde los niños de secundaria hasta los de cuarenta y cinco años, amistades a granel. Donde parece que lo importante es lo que te llevas por menor precio. Más cantidad y menos calidad. Lo subes a la báscula de las redes sociales y que los números hablen. Porque al parecer no tienes a nadie más con quien hacerlo.

Títulos patito. Como los que a cualquiera le dicen hermano. Como si ese título se regalara junto con una prueba de ADN. Como si este apodo no se tuviera que ganar. Como si se naciera con el.

Los que en medio de una fiesta y bajo los efectos de un buen trago de ilusión disparan su primer te amo, a quemarropa y sin saber nada acerca de sus efectos colaterales. Lo ponen en oferta, como de tienda de 3 x 11.ºº Pasa lo mismo que con cualquier producto, entre menos exclusivo sea, más común y por lo tanto más barato.

Está bien querernos entre todos y esas odas a la felicidad y el positivismo que todo el mundo anda intercambiando por likes, a costa de su credibilidad.

Lo que sí creo es que tampoco se puede amar a todo el mundo e ir regalando sonrisas cual reina de la primavera. Me parece poco real, anti natura. Hipócrita para terminar.

Volvamos a posicionar los sentimientos en ese estante de exclusividad, un producto al alcance de pocos. No porque cueste mucho decirlo, si no por lo que te puede costar ganártelo.

 

Así, tal vez nos esforcemos todos los días. No sólo por buscar el pan, si no un alimento que nos llene más.

Entretenimientes.

No te preocupes por el pan, que en este país pareciera que hay en cada esquina, tanto que hasta un partido político se adueño del nombre. Aunque me parece un descaro enorme que el mismo proveedor de pan, sea el del circo. Así estamos. Así nos va. Y tampoco nos quejamos.

Mientras el control de la tele tenga pilas el mundo puede seguir rodando, puede temblar en cualquier parte del mundo mientras que no nos quiten la liguilla y nos tengan filtros con banderas de todos los países en nuestras redes sociales. Algo que nos ayuda a fingir y parecer más de lo que somos #YoSoyHumano.

Por cierto ¿no han puesto la de Panamá, o es elitista?

Que un volcán poblano aviente fumarolas mientras nos ponen imágenes de cualquier otro volcán del mundo, de todos modos no lo conocemos. Eso sí, que la nota la dé la chica del clima por favor, no importa que estemos rompiendo record con eso de las altas temperaturas. Que lo del cambio climático seguro es una cortina de humo, como la de la nueva #CDMX. Algo así de parecido, de esas que te vienen a recordar que el sol no sale para todos. Que hoy se empieza a notar más.

Que un cualquiera se postule para presidente –otro- mientras ningunea a una persona y le llame pendejo porque se le ocurre cuestionarlo. ¿No entiendes Pedro que una campaña presidencial es una entrevista de trabajo que te tenemos que hacer los ciudadanos? No, perdón. Se me olvidaba con quien –televiso- estoy hablando, te ofrezco una disculpa pública como si eso pudiera solucionarlo todo.

Y mira que con lo dadivoso que soy te regalo una idea para el día que no llegues a la presidencia. Se me ocurre que para el próximo disco del innombrable en el que no voy a gastar más que las palabras necesarias, podrías cantar con él. Mientras él habla de lo inservible que es una mujer sin trapeador, tu puedes hacer la parte hablada con el perdón a “tu vieja”. Total, hoy ya cualquiera canta. Y para muestra un Julión. Perdón, un botón.

No importa que pase todo esto, mientras face nos de la posibilidad de demostrar nuestro enojo con un nuevo emoticon en lugar del famoso me gusta.

Con eso tenemos.

 

Y es que estar entretenido es mantener la atención ocupada, evadir temporalmente tus preocupaciones. Pero oye y mírame bien a las letras, temporalmente.

Y es que cuando te distraes incluso dejas de escucharte.

Estar entretenido es sentir poco o mejor dicho no sentir nada.

Y la menor de las culpas es de los medios, en serio que no los culpo a ellos. La culpa es de quien decide hacia donde ver, o hacia donde ignorar menos.

Ya lo decía Blas Pascal en su estudio del entretenimiento llamado, paradójicamente “pensamientos” que era necesario que el hombre se distraiga y por lo tanto, se aparte de lo esencial.

Pero vayamos en contra de eso, agreguemos un no y separemos una sola letra, hoy que tanto lo necesitamos.

Que el hombre no se distraiga y por lo tanto sea parte de lo esencial.

Vitamina P

Normalmente no escribo para recomendar nada, pero hoy me he encontrado con algo que a unos cuantos podría servirles y que siguiendo la filosofía de que cuando puedes, debes. (Sobre todo si se trata de ayudar) tengo que recomendar esto que me parece sensacional.

Una vitamina que no se encuentra tan fácil y menos en estos tiempos pero que sin duda es el motor de grandes cosas, logros e incluso de grandes personas. Sin duda la gasolina que nos mueve como humanos.

Es esa vitamina que te mantiene alerta, despierto, con entusiasmo y ganas. Muy recomendable para todos aquellos que odian el lunes. Con esta vitamina podrán dejar de hacerlo.

Esta vitamina te va a ayudar a sentir cada día de la semana como si fuera viernes. La única contraindicación y/o en su defecto efecto secundario que podrías sentir es la ansiedad que puede causar un domingo por la noche, puede causarte un poco de insomnio por saber y esperar con ansia el lunes. Por extraño que parezca.

Esta vitamina está probada, no hay nadie que pueda hablar mal de ella, al contrario. Los hombres más exitosos la consumen diario y esto ha repercutido en su vida profesional y personal.

La puedes dosificar a tu antojo, si es necesario que te quedes despierto hasta tarde seguro te ayuda a evitar el cansancio y la fatiga que el día te ha dejado, además de ayudarte a levantarte al otro día con el mismo entusiasmo con el que te levantarías si hubieras dormido tus ocho horas.

La vitamina P. Esa que hace ir a tantos a trabajar con una sonrisa de oreja a oreja, por utópico que parezca. Y que a esos que les ayuda tanto, dejan de llamar trabajo al ídem. Esa vitamina te ayuda a hacer cada cosa de tu día como si fuera la última, te enseña a disfrutar de las cosas como si no fueran a durar y esto a su vez hace que terminen durando.

Por cierto la p es de pasión.

Tocan.

No vayan a ser los testigo de Jehová que no tengo tiempo de atenderlos, igual si no hago ruido se van.
Tocan dos veces más. Qué tal que es la vecina y es que no le para la boca, quiero seguir rascándome las pocas ganas, mejor no abro.

Que ganas de estarme tocando las pelotas tocando al mismo tiempo la puerta, y es que siempre es así, cuando menos te lo esperas, cuando menos quieres y cuando menos puedes es cuando se aparece alguien del otro lado de la puerta para hacer desaparecer la supuesta paz con la que finges estar. A la que finges escuchar.

(En el diccionario debería de venir la definición de paz, como la ausencia de vecinos.)

A menos que sea el de la pizza, pocas veces abres con tanto gusto. A casi nadie le muestras ese lugar tan intimo, tan tuyo. Tan tú.
Tal vez por eso antes de abrir husmeamos por la mirilla y antes de quitar el seguro hacemos una pregunta más por inercia que por consciencia o por verdadero interés de saber quién está del otro lado de la puerta. Como si el que está afuera supiera qué contestar. A mi cuando me lo preguntan me hacen reflexionar tanto que en medio del silencio más inoportuno me retiro a seguir pensando con cara de incógnita. Quién.

¿Qué respondes a eso? No te preguntaron tu nombre, ni a qué fuiste. Sino la única, terrorífica y pocas veces acertada pregunta. Quién.
-¿Quién qué?
-¿Quién es?
-¡Demonios! Lo que tanto tiempo me he preguntado.

Y es que la única forma de contestar ese tipo de preguntas, tan grandes, tan eternas y tan propias es ir cambiando las respuestas.

Por eso la próxima vez que toquen a tu puerta y hagas la pregunta, ya la puedes ir haciendo en ambas direcciones. O mira que cuando se haya ido la visita te sales, tocas a tu puerta y cuando entres, en el primer espejo que encuentres, le haces la pregunta a quien sea que veas ahí. Igual te sorprende la cara que se le queda al personaje del reflejo.

Tocan.
¿Quién? (Pregunta obligada antes de que alguien toque el timbre)
Por tu bien y de quien esté cerca de ti o pretenda estarlo.

Entre el había una vez y el felices para siempre.

“Entre el había una vez y el felices para siempre caben tantas historias como las que no nos han contado y que empezamos a vivir después de los veinte años, en los que terminar con alguien parece ser lo peor del mundo. Y eso, nada más para empezar.

Entre el había una vez y el felices para siempre cabe también varios érase una vez y tres historias sin fin, largas, aburridas y tediosas, o no. Pero que al final resultaron tener fin.

No se sabe a ciencia cierta donde empiezan las historias. Yo en lo personal, no sé si empiezan el día que dices hola o después de ese adiós, pero lo que si es seguro es que no terminan en un vivieron felices para siempre. Que mentira tan más grande, que verdad tan mentirosa. Que ganas de engañarnos desde tan pequeños. De pretender hacernos creer que los cuentos de hadas son tan parecidos a la vida como la vida a ellos. Que patético crecer de esa manera y seguir esperando que llegué un cabrón pintado de azul o en su defecto con algún disfraz de príncipe inexistente, es decir, un “junior” cualquiera y montado en un caballo, léase: Ferrari, prometiendo un final feliz. Sí, con calambrito y todo.

 

Y es que entre el había una vez y el felices para siempre, no hay nada de lo que nos han contado en el regazo. Los cuentos de hadas para los niños, son las telenovelas para los adultos. Una realidad distorsionada, una realidad mentirosa, una realidad masticada, digerida y defecada, que lo único que tienen en común es que sirven para dormirnos.

Nos acostumbraron a que todas las historias deben empezar como en cuento de hadas con todo y la magia incluida y deben terminar con un felices para siempre. Esa mentira nos jode la vida porque el día que ese final feliz no llega con ninguna de las veintidós parejas que has tenido –para quien haya tenido suerte- empiezas a pensar que algo anda mal, que si son tantos contra uno, el que está mal es ese uno, o sea tú. No eres lo suficiente príncipe o lo suficiente princesa, pero no te preocupes, que para eso están los spas con su bronceador natural, los tintes para el cabello, los gimnasios y las trajes Hugo Boss, -ahí está el disfraz-, ahí está el verdadero secreto. Para ser ese príncipe azul no debes estar pintado del mismo color, sino tener una figura escultural, portar con elegancia un traje, tener un buen trabajo o por lo menos aparentarlo y por supuesto tener un buen coche donde llevar presumiendo a tu princesa de repisa. Y tú, corazón, para ser una princesa debes teñirte el pelo, unas luces nada más, joderte todos los días la espina con tacones altos que resalten las sentadillas en el gym, tu bronceado debe combinar con el labial del día, debes tener una dentadura perfecta y hablar de temas de los que sólo habla la socialité, inventarte alguna asociación para poder decir que haces alguna aportación o decir que estás en algún proyecto de nombre rimbombante y por rimbombante me refiero a algún nombre largo que seas capaz de pronunciar, no vayas a producir el efecto contrario. Con cuidado.

Vamos que entre el había una vez y el felices para siempre hay más cosas de las que han sido capaces de contarnos, más cosas de las que no querían que nos enteráramos pero que al final, teníamos que saber para llegar a la conclusión de que no todas las historias tienen su vivieron felices para siempre y que la realidad hoy en día está mucho más distorsionada que la fantasía”.

Adiós en presente.

Hola en eternidad, tiempo que debería de existir para unos cuantos, para cuantos se atrevan o se hayan atrevido sin querer o con toda la intención.

Hay quienes sin querer lo han hecho y queriendo, queriendo de sentimentalismo hoy pasan en vida al salón de la fama de la gloria eterna. Los que aman lo que hacen y se entregan sin más, que se mueren en la raya, los que nos demuestran que cumplir es de flojos, de mediocres, de medio-crees y de falta de corazón.

Los que por amor a su profesión se parten la cara, a veces de manera tan literal que resulta doloroso, pero que ese dolor no es más que un motivante para no perder tiempo en el piso y levantarse a volver a partirse lo que sea, porque el corazón no está para latir despacio y entre más despacio lo haga, más cerca estará de dejar de hacerlo y la vida no está tampoco para irse muriendo más de una vez.

 

Sí, lo digo por ti Carles, que te despides lanzando un penúltimo rugido. Nunca el último. Lo digo por ti que hoy intentas despedirte de una etapa, dejando atrás un legado de historia, de enseñanzas, de motivación y dejando el pasto jodido por correr con tanta garra, un pasto que sin duda te va a extrañar. Vamos, como cualquier culé, como cualquier amante del deporte, incluidos tus adversarios, quienes demostraste más de una vez que lo eran sólo dentro de la cancha y nunca fuera de ésta.

Te lo digo hablándote de tu, como a cualquiera le hubiera gustado hacerlo pero siempre con el más grande de los respetos y toda la admiración posible.

 

Hoy al barcelonismo y al deporte sólo le resta darte las gracias, por poner siempre antes que los tachones, la cara. Por correr con el corazón y no dejarte los huevos en los vestuarios sino traerlos siempre bien puestos. Por levantarte lo más rápido posible después de cada caída. Por amar tanto al fútbol, como para detener una pelea con tal de seguir jugando, de seguir ofreciendo el espectáculo al que nos tienen tan acostumbrados.

Por ser un ejemplo dentro y fuera de la cancha, para jugadores, para intento de jugadores, para humanos y para intento de los mismos.

 

Gracias por sudar siempre la camiseta, tanto que no te quedaba nada para las lágrimas.

Hoy te pasa factura el coleccionar heridas de garra, inevitable.

Hoy te quedas para siempre en la memoria y el ejemplo colectivo.

Hoy entras en hombros al lugar donde jamás tendrá lugar el olvido.

 

Por eso es que tú no te vas, tú te quedas.

Y no es un acto de negación ante una realidad tan triste como inevitable, sino que así son las cosas, aunque quieras irte, hoy es imposible.

La trascendencia de un hombre, de un nombre, de un ejemplo y una figura.

 

Une légende.

 

Grande Carles Puyol.

En-bajada.

Hoy en día las cosas parecen tan difíciles como para sonreír incluso después de haberte enterrado una aguja mientras te sentabas en un pajar.

Hoy en día parece que hemos perdido todo y que lo que tenemos no cuenta a menos que lo perdamos.

Hoy para tener sueños se necesita visa y un permiso especial. No te lo da cualquier embajada, menos en bajada.

Pero hoy en día tampoco nos damos cuenta de los demás, nos fijamos en todo lo que nos hace falta, lo que no tenemos y lo que vamos a necesitar mañana. Necesidades tan innecesarias como ridiculamente básicas.

Es muy fácil perderse en el consumismo y la individualidad cotidiana, sin darnos cuenta que hay personas que están peor que nosotros. Pero que esto por ningún motivo puede funcionarnos como justificación.

Hoy tener sueños puede resultar casi tan revolucionario como una bandera cubana en Estados Unidos, una playera con la cara del Che en Venezuela o decir lo que piensas y mantener tu dignidad intacta en cualquier lugar del mundo.

Pero vamos, que si uno no va a contra corriente es como si fuera un pez muerto, y esos se pierden entre el brillo del agua que corre o terminan servidos en alguna mesa. O defecado por cualquier animal.

Ir a contra corriente es tan necesario como respirar, como estar bien contigo mismo o como un café en un lunes por la mañana. Depende a que le des más importancia.

Soñar hoy, implica ir a contracorriente, ir contra todas las normas, apagar de tanto en tanto la televisión, olvidar intencionalmente el celular en casa, dejar el coche estacionado aunque sea para ahorrar en gasolina. Caminar más, abrir un libro, platicar y levantar la cara para apreciar las cosas que están ahí, de frente, sin filtros ni photoshop. A veces lo que es gratis no es tan malo. A veces puede sorprenderte quien tienes a un lado y conocerlo, reconocerlo y volverlo a conocer las veces que sean necesarias a tal punto que termines descubriendote en los demás.

Leer más de 2.9 libros al año, antes que seguir viendo la caja idiota donde nos dan todo digerido, tan digerido que al parecer ya viene en forma de heces y aún así, nos lo tragamos.

La mejor forma de hacer hoy una revolución pacífica es seguir soñando, por el bien de todos, incluso por tu bien mismo, soñar tan alto como te alcance la mirada, tan lejos como te alcancen las ganas y si no te alcanzan mejor que mejor, porque entonces será necesario mantenerte despierto el mayor tiempo posible para poder seguir soñando y ver cada día más cercano el objetivo.

 

Sueña, diría Luis Miguel. (Por meter un hastag con su nombre).

 

Despierta. Diría el principe de la bella durmiente.

 

Escúchate. Todos los días y hazte más caso del que le haces a los demás.

A final de cuentas, esta es la visa más sencilla de conseguir. O no. Depende de la embajada de la conciencia y el canciller del miedo.

Depende de las ganas que le imprimas a tus tramites. 

Feliz día del anhelo.

Parece que ahora hay un día para festejar todo, el día de la hamaca, el del calcetín perdido, el de Star Wars e incluso el día del niño, ese día maravilloso en el que todos muestran con orgullo en las redes sociales que han cambiado, unos para bien, otros para no tan mal y otros simplemente por hacer lo que todos hacen y no quedarse a la deriva de la moda aunque esto implique risas, burlas y una invitación al bullying colectivo.

Parece que el miedo al ridículo es cada vez menor para bien o para mal, pero festejar algunos días de éstos habla mucho de quienes somos y todavía mejor, de quienes no somos.

Los adultos son los principales promotores para festejar este día, son ellos los que incitan al festejo, incluso antes que los implicados. Tal vez sea una manera de celebrar esa inocencia que cada vez se pierde más temprano, o esa forma de vivir la vida tan al día en términos de emoción, esa capacidad de asombro que se va perdiendo de una forma asombrosamente rápida, esas travesuras que forman parte del día a día y esa forma de ser, por el simple hecho de ser.

Tal vez festejar sea parte de un anhelo de no haber perdido esto nunca, o de ser congruentes con esa doble moral deseando que pierdan esto cada vez más tarde, pero permitiendo y a veces hasta obligando a que lo pierdan tempranito que hay que madrugar.

 

La infancia también es un ciclo, una etapa casi como cualquier otra sólo que ésta lleva algunas variables, entre otras no tiene un punto definido para su final, no tiene claras las fechas límite de entrega para el trabajo final, no te gradúas de infante para empezar a ser puberto.

No hay un examen final que te indique que saliste con éxito de tu infancia o que tendrás que repetir “Preguntas todo 1”, “Te cuestionas todo 2” y demás materias que no deberíamos de aprobar nunca.

Tampoco existe una fiesta de graduación, una canción que te haga recordar los mejores momentos de tu infancia en medio de lágrimas o ese algo que marca tajantemente el final de esa etapa y el inicio del siguiente ciclo. No tienes que firmar ningún contrato de ida y sin vuelta a la vida de adulto, no hay renuncias, no hay un punto de retorno, todas empiezan a ser vueltas en “u” prohibidas, sigas, altos y preventivas bien establecidas y señalamientos de la velocidad indicada a la que debes de andar por la vida, ni muy rápido, ni muy lento, como se indique. Como todos digan.

 

Las Alejandras, Anas, Sandras y demás, se van quedando todas en Normas.

Aciertos sin oportunidad de error, por que salen caros y no llegamos a la quincena.

Errores que cada vez te van dejando un poco más calvo. Incluso de ideas.

Y si quieres tener una vida adulta digna debes seguir algunas indicaciones en curso que todos hemos aprendido de manera hereditaria.

Preocúpate más de lo que puedes, o enumera tus preocupaciones y englóbalas en la palabra “muchas” que así parecerás un poco más interesante.

Estrésate tanto como puedas, que si no tienes colitis, gastritis o cualquiera de estas que terminan en itis, no has crecido.

Toma dos pastillas de moralina durante siente días a la semana, una antes de cada comida. Alégrate de pensar que encontraste un error en la palabra “siente” y corrígela de hoy en adelante, omitiendo la ene y el significado que le da una simple letra.

 

Pero también si quieres, puedes mandar todo a la mierda, que estas instrucciones no llevan garantía y entonces festeja el día del niño sin verlos desde arriba. Olvídate de la experiencia, del porque lo digo yo, del respeta mis canas, corta todas las etiquetas que provocan tanta comezón y molestia, entierra en el arenero el qué dirán, justo ahí junto al qué diré.

 

Enfrenta tus problemas con la naturalidad que lo hubieras hecho de niño.

Sonríe más de la cuenta.

Despiértate temprano porque quieres, no porque debes y deja que desde ese momento, todo te sorprenda.

Vuelve a ser niño de vez en cuando y entonces sí, felicítate cuando se trate de celebrar ese día.